Manuel Vicent
|
Sólo me preocupan las personas y las agresiones a que se ven sometidas. Ese es mi tema. Lo interpreto de distintas formas, pero en el fondo no puedo salir de ahí.
¿Hacia dónde huyen hoy tus personajes?
Hacia cualquier espacio donde haya un poco de armonía, donde haya un ideal de justicia.
La Unión Soviética ha desaparecido.
Ha supuesto para mí una enorme conmoción interior. Pensaba que por muchas caídas que sufriera la humanidad siempre habría una salida hacia adelante. Vengo de un ambiente familiar progresista en el que se creía en el optimismo histórico a pesar de todo. Yo sabía muy bien lo que estaba pasando en la Unión Soviética desde que en 1969 asistí en Moscú a un Congreso Internacional por la Paz. Éramos varios miles de participantes de todas las naciones. Un día fuimos recibidos dentro de las murallas del Kremlin y se nos hizo avanzar ordenadamente entre dos rayas marcadas en el suelo flanqueadas por policías con metralletas. Pensé: parece uno de mis cuadros. Quise comprobarlo saliéndome de la raya, pero Azcárate, que iba a mi lado, me dijo: no lo hagas, estás loco, te van a disparar. No obstante, lo hice. Me separé del grupo y de pronto aquellos policías comenzaron a lanzar gritos terribles mientras se apalancaban en el arma. Sabía lo que estaba pasando allí, pero yo nunca perdí la esperanza de que las cosas mejoraran. Se ve que soy un ingenuo. Siempre lo he sido.
¿Te ha perjudicado estar tan significado políticamente como un artista combativo de izquierdas?
Evidentemente. Por ejemplo, creo que no estoy en el museo Reina Sofía por eso.
¿Y a tu obra?
No creo. Mis cuadros han ido fuera cuando aquí no me dejaban exponer y en Tokio o en cualquier otro país en el que no se sabía ni siquiera donde quedaba España mis cuadros se vendían, tenían éxito por sí mismos y la gente hablaba de ellos sin tener en cuenta su contexto político. Esa primera lectura que se tiene en España sobre mi obra no existe fuera y eso me salva. Aquí te ponen el cartelito y ya no te lo quita nadie. No estoy en el Reina Sofía, pero estoy en el MOMA de Nueva York y en todos los mejores museos de arte contemporáneo del mundo, de modo que no hay por qué preocuparse.
|
En este momento mi militancia es More bien cultural. Un artista no tiene que permanecer encerrado en su estudio ajeno a cuanto sucede a su alrededor. Al menos yo no soy así. Yo trabajo muchas, muchísimas horas en mi estudio, pero creo que la cultura es un bien fundamental de la sociedad y por eso no hay que dejarlo en manos de los políticos ni de los funcionarios. Los artistas debemos tomar parte activa.
Carteles o manifiestos. ¿Qué has firmado More?
He firmado todos los manifiestos que ha hecho falta y los seguiré firmando. He hecho multitud de carteles como una forma de combate en favor de las ideas progresistas.
¿Cuál es tu principal virtud?
¿Estética?
No, humana.
La primera nota de mi carácter es la ingenuidad. Yo More que nada soy un ingenuo. Es algo que está mal visto en esta sociedad de listos, pero no siento ninguna vergüenza por eso. Siempre he sido un ingenuo y en lo que me quede de vida, lo seguiré siendo. La ingenuidad hay que cultivarla porque sirve para crear y también para luchar.
En medio de esta sociedad de listos yo me quedo con el interrogante y la duda. La ingenuidad te mantiene joven.
Este hombre ingenuo y combativo nació en Valencia, en 1930, de padre artesano, grabador de metales, decorador de muebles que, adeMore de engendrar tres hijos, tenía una fe de carbonero en el progreso indefinido de los ideales de izquierda y en el valor de la cultura. Su madre era campesina y muy religiosa. Practicaba en secreto sus obligaciones con la iglesia sin que se enterase su marido. En este ambiente creció el artista en el barrio del campo de Mestalla que entonces colindaba con la huerta, y cuando se proclamó la Re- pública Juan Genovés aún no tenía dos años de edad, pero su padre lo llevó a hombros a una manifestación para que viera la alegría de los trabajadores mientras su madre, horrorizada, se había quedado rezando en casa. Con esta contradicción pasó su niñez el futuro artista. Su padre daba clases gratuitas de cultura y dibujo en la Casa del Pueblo. Se pasaba todo el día fuera del hogar, donde había penuria económica, y la madre se quejaba y no comprendía aquel desinterés. Desavenencias familiares y lápices de colores, el progenitor entregado a la causa y el niño enamorado de los cromos de chocolate Nestlé mientras se oían los gritos de los aficionados al fútbol que rugían en las gradas del Mestalla.
|
Hoy la violencia perdura, pero el código que la constreñía a uno de los bandos políticos ha desaparecido y los lienzos de Genovés se han liberado de esa carga que los limitaba y ahora han quedado como paradigmas, pautas y emblemas de la protesta de un rebelde contra cualquier injusticia, y al mismo tiempo sobre este fondo ha tomado todo su sentido aquella forma plástica tan refinada que expresaba la sensibilidad del artista More allá del testimonio de un tiempo atroz. Pero, lentamente, los ojos vendados de sus personajes con- fundieron la oscuridad con el paisaje urbano cuando llegó la democracia, y aquel espacio que generaba el terror en sus lienzos con la multitud ha sido sustituido por la propia soledad del asfalto huyendo en medio de la libertad.
Ahora estoy investigando en mi subconsciente. A veces me asalta una idea brumosa en el entresueño, y aunque esto su- ceda a las cuatro de la madrugada me levanto de la cama e intento reflejarla de algún modo en la tela. Es un trabajo apasionante. Todas las lecturas inescrutables que contiene una obra de arte equivalen a distintas capas que sobre ella va posando el sueño.
La manifestación del mundo que expresa hoy Juan Genovés se concrete en unas visiones plásticas de la ciudad desde una altura o profundidad que puede ser la del inconsciente. Parece que el paisaje urbano estalla o se aplaste y los personajes son puntos mínimos, anónimos que pululan entre la tensión de inconmensurables fuerzas que barren el lienzo como un viento muy poderoso. Es una forma de enfrentarse a una sociedad que no le gusta, de erigirse en artista siempre excitado por la injusticia que no tolere, por el absurdo que no entiende, por las pasiones sociales que le excitan. El dilema, ahora como antes, estriba en saber si Juan Genovés prefiere la estética a la lucha. En su caso creo que es la misma cosa. Forman una unidad indisoluble.
Yo todavía no he perdido la ingenuidad.- dice el artista.
Es una forma de ser puro y luchador, De poner su talento al servicio de la belleza y ésta a los pies de la libertad y de la felicidad de las personas. Juan Genovés ya tiene una página reservada en la Historia del Arte: aquella en que se habla del compromiso social unido a un magnífico pulso y aliento para expresarlos con una gran belleza plástica. Ese es Juan Genovés.
Texto publicado en catálogo de la exposición "Genovés", IVAM Centre Julio González. 26 noviembre 1992 / enero 1993.


